Entre Fragmentos

“La vida del hombre como comentario de un hermético e inconcluso poema" V.N.

I never talk to strangers


I never talk to strangers, de Tom Waits, en el móvil. Bajar por Urquinaona y descomponer el título de la canción en tantos pedazos como personas hacen cola por un menú en el conocido fast food que tiene el “bocata” como plato estrella. Hacer religiosamente la cola mientras elijo en el tiempo que la sentencia ‘el siguiente’ me avisa de que me toca pedir. Cuando me tranquiliza asumir que todo sigue el normal compás de las comidas de mediodía, es decir, prisas, mal humor, espera y anonimato, entonces, uno de los dependientes, el que me toca en suerte, me recibe no con el habitual mosqueo alienado, sino con un amable ‘buenos días’, acompañado de una sonrisa de oreja a oreja que me desarman por completo. A pesar de que nunca hablo con desconocidos, pido y especifico que quiero el menú sencillo, me ha pasado que si no especifico dan por sentado que quiero pagar de más por una bebida y un acompañamiento que no he tenido la opción de elegir. No es por el dinero, sino por no poder decidir. Sin embargo, esta vez el amable dependiente sigue mis instrucciones al pie de la letra sin perder la amabilidad y cuando encarga a la cocina mis patatas normales, no extra grandes, recibe una mal disimulada bronca del encargado que le recrimina no haberme “colado” el menú grande. Consciente de mi curiosa e inevitable presencia, el dependiente me mira una vez pasada la bronca y me dice en un meloso acento mejicano ‘me corretean, pero el cliente siempre tiene la razón’. Y me lo imagino de pequeño en algún barrio de México siendo “correteado” por su madre, apremiándolo a hacer los deberes y dejar de holgazanear mientras con una pelota bajo el brazo, el niño dependiente la mira, sin entender, como contemplando la horrible injusticia del mundo. A mí me mira disculpándose y yo me pregunto cuánto tiempo tardará en “colar” menús grandes a clientes despistados. Por que la vida nos “corretea” y a veces no hay más remedio que dejarse “corretear” e intentar aferrarse a la vana asunción de que la cosa no va con nosotros, por eso, por si acaso, no hemos de hablar con extraños. El problema es cuando el extraño desconocido somos nosotros mismos.

En Encuentro con el otro, Kapuscinski define tres manera de acercarse al desconocido, intentando eliminarlo, aislándose o abriéndose a él. Kapuscinski aboga por la tercera fórmula como única manera de auto conocimiento del humano que hay en nosotros a través del otro y de su mirada, en una visión completamente diferente del infierno sartreano. Así, se pregunta “¿Quién será ese nuevo Otro? ¿Cómo transcurrirá nuestro encuentro? ¿Qué cosas nos diremos? ¿En qué lengua? ¿Sabremos escucharnos? ¿Sabremos entendernos? ¿Sabremos, entre los dos, seguir aquello que -en palabras de Joseph Conrad– habla de nuestra capacidad de alegría y de admiración, al halo de misterio que rodea nuestras vidas, a nuestra capacidad de sentir compasión, de apreciar la belleza y experimentar dolor, al sentimiento que nos vincula con toda la creación; y a la convicción sutil, pero invencible, de la solidaridad que une la soledad de innumerables corazones: a esa solidaridad en los sueños, en el placer, en la tristeza, en los anhelos, en las ilusiones, en la esperanza y el temor, que relaciona cada hombre con su prójimo y mancomuna toda la humanidad, los muertos con los vivos, y los vivos con aquellos que aún han de nacer”.

El fragmento que cita Kapuscinski esta extraído de la introducción al Negro del Narcissus donde Conrad esboza un manual de estilo o declaración de intenciones. En este sentido, argumenta que todo arte se puede definir como un obstinado esfuerzo por intentar describir el mundo lo más fielmente posible, sacando la verdad, una y múltiple, que subyace en cada una de sus facetas. Relaciona, de esta manera, la ficción con el impresionismo en tanto que todo arte “apela en primer lugar a los sentidos, y el objetivo artístico, cuando se expresa mediante la palabra escrita, también debe vehicularse a través de los sentidos, si su deseo más elevado es hacer brotar el manantial secreto de las emociones”. Es interesante comprobar el nexo de unión entre el periodista y el escritor, ya que Conrad asegura que se trata de “arrebatar, en un momento de coraje, un efímero instante de vida a la inexorable corriente del tiempo no es más que el principio de la tarea. La tarea enfocada con fe y afecto, consiste en sostener con firmeza, sin titubeos ni miedo, el fragmento ante todas las miradas y a la luz de un ánimo sincero. Se trata de mostrar su vibración, su color, su forma y, a través de su movimiento, su forma y su color, revelar la sustancia de su verdad, desentrañar el secreto que la anima: la tensión y la pasión que laten en el corazón de cada momento veraz”.

¿No es esto mismo lo que consigue Kapuscinski en cada acercamiento con el Otro? De este modo, nos advierte que “por eso es tan importante la posesión de una identidad propia y definida, y la firme convicción de que esa identidad tiene fuerza, valor y madurez. Sólo entonces puede el hombre encararse con otra cultura. En el caso contrario, tenderá a ocultarse en su escondrijo, a aislarse, temeroso de otras personas. Tanto más cuanto que el Otro no es sino un espejo en el que se contempla –y en el que es contemplado-, un espejo que lo desenmascara y lo desnuda, cosa que todo el mundo prefiere más bien evitar”.

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Esta entrada fue publicada el noviembre 29, 2011 por en Escritos, Sabios.

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De la misma manera que el narrador de Pálido fuego apuntaba: nuestro poeta sugiere aquí que la vida humana no es sino una serie de notas a pie de página de una vasta y oscura obra maestra inconclusa,Entre Fragmentos nace como un espacio de reflexión interdisciplinar. Diego Giménez.
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