Entre Fragmentos

“La vida del hombre como comentario de un hermético e inconcluso poema" V.N.

Philip Roth, príncipe de las letras


Philip Roth ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012. La candidatura había sido propuesta por Michael Göring, presidente del Consejo de la Fundación ZEIT-Ebelin y Gerd Bucerius (Alemania). Hace tiempo que el nombre del escritor suena en las quinielas de todos los premios literarios.

Roth es el único escritor vivo cuya obra está siendo editada en su totalidad por The Library of America. En los 90, el escritor ganó los principales premios literarios de Estados Unidos: el National Book Critics Circle Award (1987 y 1992), el Faulkner Award (1993 y 2000) y el National Book Award (1960 y 1995). En 1997 le concedieron el Pulitzer por la obra Pastoral americana. Además obtuvo los premios Karel Capek (1994) y Franz Kafka (2001), de la República Checa. Entre los últimos galardones con los que ha sido reconocido destacan el Premio Médicis a la mejor novela extranjera (Francia, 2002), el Premio Sidewise para historias alternativas (Reino Unido, 2005) y el Premio Nabokov (EE.UU., 2006).

En 2007 recibió el PEN/Faulkner Award for Fiction, por Everyman, y el PEN/Bellow Award. Posee la Medalla de Honor del Club Nacional de Artes (EE.UU., 1991), la Medalla Nacional de las Artes (EE.UU., 1998), la Medalla de Oro de la Academia Americana de las Artes y las Letras (2001) y la Medalla de la National Book Foundation (2002), por su contribución a las letras americanas. Roth ha sido galardonado en 2011 con el Man Booker International Prize.

Sin ánimo de ser oportunista, o si, recojo tres reseñas sobre tres libros del laureado escritor.

El pecho (Mondadori)

Aunque hay quién considera que situar El Pecho de Philip Roth en el mismo plano que ‘La metamorfosis’ o ‘La Nariz’ es, quizá, concederle demasiados honores al laureado escritor americano, por el contrario, creo que la comparación más que honrosa es justa. De esta manera, de la misma forma que los relatos de Kafka y Gógol ponen de manifiesto la plausibilidad de lo increíble, también el de Roth nos coloca en la misma perspectiva y lo hace de la misma forma que ellos, a saber, utilizando la literatura para acercarse a una realidad a la que sólo, tal vez, se pueda acceder desde la imaginación, y esto lo hacen utilizando la ficción no como medio sino como fin en sí. En este sentido, siguiendo a Barthes y Kristeva por lo que toca a la intertextualidad, El pecho se inscribe en la tradición kafkiana donde, en este caso, no es Gregor Samsa quien al despertarse un mañana, después de un sueño intranquilo, se encontró convertido en un monstruoso insecto, sino el profesor David Kepesh quien, esta vez, empezó de una manera rara y acabó convirtiéndose en un pecho. Lo interesante es notar, siguiendo a Roth si, ¿habría podido empezar de otra manera, al margen de cómo empezara?

No obstante, vayamos por partes. Por lo que se refiere a la historia, como comentamos, nos encontramos ante un hombre de unos treinta y ocho años que se convierte en un pecho de unos 73 kilos. El profesor David Kepesh comienza notando una comezón en la ingle y acaba postrado en una habitación de hospital conjeturando sobre su transformación. Pasa por una primera fase de horror, de repulsa de su nueva forma; sigue con una segunda fase dónde parece estar a gusto con la dimensión de placer que le abre su nuevo estado, para finalizar en una fase de negación que achaca a la locura. Por lo que se refiere al tema, lo interesante, a mi modo de ver, es tanto la importancia de la construcción subjetiva de la identidad sexual contemporánea (donde se hace necesaria la referencia al psicoanálisis), como uno de los litemotiv de la sociedad en que vivimos, a saber, el acento que se pone en la realización de uno mismo. Estos dos elementos se conjugan en el relato en el momento que el profesor relata una escena que se da con su novia Claire en la playa, donde explica el placer que sintió al identificarse con el objeto de su deseo, el pecho de su novia, y Kepesh continua, “no me niego a supeditar mi desconcierto a la teoría de la satisfacción de los deseos. Por pulcra, moderna y deliciosamente punitiva que sea, me niego a creer que esto es algo que deseaba ser. ¡No! La realidad es más imponente que eso, la realidad tiene cierta distinción”. Aunque la realidad se impone, es, sin embargo, la imaginación la que nos da una de las claves interpretativas de la obra, ya que, como comenta el profesor, más kafkaiano que Kafka, ha sido capaz de convertir la carne en palabra de forma que, cual hidalgo caballero, ha convertido los molinos en pecho, pero, no sin antes advertirnos que, ante la realidad y su principio, Kepesh seguirá siendo una broma.

Elegía (Mondadori)

Que Philip Roth es uno de los mejores escritores vivos más importantes se explica no sólo por su premiada trayectoria, sino también por la capacidad de seguir narrando sin perder nada de lo que lo ha hecho grande y por ir incorporando la experiencia, que no todos saben encauzar, a una visión de la realidad que en esta novela nos ofrece una mirada sobre la muerte.

De esta manera, sin ambages, Roth nos exhorta desde un principió citando a Keats, anunciando el sentido de la novela:

Aquí, donde los hombres se sientan y oyen sus mutuos quejidos;
donde la parálisis agita algunas, tristes, últimas canas,
donde la juventud palidece, adelgaza como un espectro y muere;
donde tan solo pensar es estar lleno de tristeza […]

Y efectivamente, nos encontramos ante una historia cuyo protagonista nos es presentado en su entierro, a partir de donde se irá desvelando su vida en constante enfrentamiento con la enfermedad y el olvido. Desde su infancia cuando es operado por una hernia hasta el final pasando por múltiples operaciones de todo tipo, peritonitis, corazón…

Everyman, el título original en inglés nos advierte que estamos ante la historia de cualquiera, pero también nos advierte con otra de sus acepciones que estamos ante una obra de carácter moral cuyo protagonista representa la humanidad. De esta forma, Roth construye un personaje marcadamente existencialista que se enfrenta a la muerte en plena conciencia de su soledad. Aquí es donde creo que radica la fuerza de la obra, al poner de manifiesto la responsabilidad que tenemos para con nosotros mismos al construirnos. Así, este “hombre cualquiera” va formando su identidad en contraste con todo lo que se reprocha no haber sido, artista, un buen padre, un buen marido… y cuyo único consuelo parece ser la relación que mantiene con su hija Nancy. No obstante ella, sigue estando sólo, como cualquier personaje de cualquier obra de Sartre o Camus. Sin embargo, a pesar de la fuerza del personaje, creo que le han faltado algunas páginas hasta poder llevarlo al extremo, ya que me quede con la necesidad de saber más acerca del por qué de su soledad. No encuentra consuelo ni en la familia, ni en su profesión, ni en la religión que no profesa, pero las respuestas quedan cortas. Posiblemente, porque si fuesen más especificas ya no serían la historia de cualquier hombre.

Sale el Espectro (Mondadori)

Roth vuelve, en Sale el Espectro, con Nathan Zuckerman como protagonista, a escribir sobre la muerte y la decadencia fisica que suele acompañar a la vejez, construyendo un mundo en el que la realidad y el deseo se confunden y aboga, de esta manera, por la literatura como forma independiente de la realidad. Afirmaba Barthes del estilo de los escritores que éste no es sino metáfora, es decir ecuación entre la intención literaria y la estructiura carnal del autor. El estilo es así simepre un secreto, recuerdo encarnado en el cuerpo del escritor. Esperemos que, en pos de que no desaparezca la magia de esta realidad aparte, nunca se desvele el secreto que hace de Roth un genio.

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Esta entrada fue publicada en junio 6, 2012 por en Escritores, Libros y etiquetada con , , , , .

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De la misma manera que el narrador de Pálido fuego apuntaba: nuestro poeta sugiere aquí que la vida humana no es sino una serie de notas a pie de página de una vasta y oscura obra maestra inconclusa,Entre Fragmentos nace como un espacio de reflexión interdisciplinar. Diego Giménez.
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