Entre Fragmentos

“La vida del hombre como comentario de un hermético e inconcluso poema" V.N.

El clarinetista de l’abaceria


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Los últimos recuerdos que guardo de Gràcia son un piso vacío y una melodía. Me llevó dos días desmontar la vida prefabricada con muebles de Ikea. Sostuve durante un año algo que no existía. La cotidianidad marca sus propios ritmos y aquellos con los que viví sobre la ausencia los marcaban una cafetera, una radio y un sofá. Lugares seguros, elementos que justificaban los recuerdos. Bajar el sofá por la escalera imposible del piso antiguo, mientras el sudor exhumaba mucho más que sal, fue un ejercicio de catarsis.

Un día atrás llevé muchos de los libros que acumulé a lo largo de diez años por fetichismo cultural al Banco Okupado del barrio. Entre contentos y extrañados me miraban aquellos que afirman que otro mundo es posible, alegres de que me desprendiese de la propiedad que no utilizaba, y afirmándose en sus convicciones. En el fondo me alegré de que alguien los pudiese leer o volver a acumular en alguna otra librería.

Y como siempre desde que llegué a Gràcia cuatro años atrás, el clarinetista de la esquina del mercado de l’abaceria me acompañó una vez más en el adiós al barrio. La misma expresión de siempre, con los ojos escondidos por unas cejas orondas, mientras la vista teñida de alcohol, se perdía en algún aleph lejano.

El mercado nació en 1892 en la plaza de la Revolución. Se llamaba el mercado de Santa Isabel y de la Revolució. La lógica de la urbe trasladó el mercado al lugar que ocupa actualmente, entre Travessera y Puigmartí. El esqueleto de metal delata la edad de la instalación que guarda las tiendas del exterior. En una esquina del mercado, en un lugar que hoy parece haber estado hecho para él, el clarinetista pone melodía a la explosión de vida que representa un ágora de barrio. Una tonada triste que contrasta con todo y descoloca.

El día que dije adiós a Gràcia le di unas monedas. No tocaba. Intentaba arreglar el clarinete con una navaja. Me dijo “gracias” y disculpándose entre triste y atropellado continuó, “no funciona”. “Seguro que la arregla” le respondí y me alejé imaginando la melodía mientras con la voz gangosa de siempre el músico me despedía: “gracias amigo y salud”. Cerré la puerta y la melodía imaginada es un resto a acorralar y con el que vivir. Bailar ritmos imposibles de un pentagrama afortunadamente hecho añicos y dejar que el silencio ocupe su sitio. Abrir nuevas puertas y continuar respirando.

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Esta entrada fue publicada en octubre 15, 2012 por en Escritos y etiquetada con , .

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De la misma manera que el narrador de Pálido fuego apuntaba: nuestro poeta sugiere aquí que la vida humana no es sino una serie de notas a pie de página de una vasta y oscura obra maestra inconclusa,Entre Fragmentos nace como un espacio de reflexión interdisciplinar. Diego Giménez.
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